Bueno, no es totalmente exacto, porque aún hoy es festivo. Poco a poco los restos de las fiestas falleras se van barriendo de mi barrio, al menos (en el centro fijo que no queda nada desde el 20), y la vida parece que vuelve a la normalidad en esta improductiva ciudad. ¿Cómo se pretende vivir de algo que no sea turismo cuando una ciudad se paraliza todo un mes? Llevamos una semana entera sin atención sanitaria, sólo urgencias. Está claro que las fallas tienen un impacto económico muy fuerte en la ciudad, pero en el sector servicios y en otros ámbitos que rodean el mundo fallero. Pero si te dedicas a otras cosas, no veas qué alegría te da el mes de marzo. Pero es lo que hay.
El guión transcurrió como se esperaba. La feria inmobiliaria se llevó el primer premio de especial y la ciudad se llenó de gente que a buen seguro disfrutó de la fiesta. Otros mortales sobrevivieron al caos que dirige Valencia durante marzo y con resignación esperan la vuelta a la vida de esta ciudad y de sus políticos. No veas cómo perrean por aquí. ¡Camps se parece cada día más al Chikilicuatre!
Y así va to
do. Yo he sobrevivido al ruido y he disfrutado con buenos amigos de unos días estupendos llenos de arroz, con cumpleaños materno por medio. He desconectado de modo espectacular y me encuentro más positiva (ser de izquierdas en estas tierras es todo un drama). También he leído datos interesantes. Me alegra saber que sólo el 18% de valencianos/as se considera de derechas, que un 40% se identifica con el centro (miren el artículo) y que un 31% se considera de izquierdas. Es realmente interesante y esperanzador, porque confirma el gran problema que tenemos por estas tierras: la dificultad de plantear una alternativa progresista de gestión creíble. Esa es la gran tarea pendiente para todo el arco político de izquierdas valenciano. Un análisis que veo en otros periodistas valencianos también. Por encima de la maquinaria populista del PP, nuestro gran problema es que no hay un proyecto creíble y sólido. El PSPV necesita urgentemente liderazgo firme y arremangarse los pantalones y las faldas para bajar a la calle, a las fallas, a la sociedad civil, a lo cotidiano. Contratar especialistas en comunicación para contrarrestar la propaganda del PP (lo bueno, gracias a ellos; lo malo, siempre por culpa de ZP). Porque está claro que Canal PP9 tiene un impacto tremendo en la manipulación pepera (digno de estudiar como ejemplo de propaganda goebbeliana), pero no vivimos en el siglo XX. Hoy existe internet y otras maneras de llegar a la ciudadanía (como otros canales de televisión).
Y qué decir de la izquierda más allá del PSOE. Siendo realistas, lo del PSPV puede tener más fácil solución si son capaces de encontrar un equipo fuerte, sólido, con un líder carismático y entusiasta, porque tienen un contexto favorable con el PSOE gobernando (dinero, poder, contactos, etc.) y porque sus políticas son de centro-izquierda (y eso les hace llegar a más electorado). Lo de la izquierda es más complejo y doloroso. Complejo, porque cada día hay menos recursos, menos credibilidad social, más confrontación interna, más canibalismo fraternal (aún estoy recuperándome del impacto de vivirlo tan de cerca). Doloroso, porque sin la presión de una izquierda en las instituciones, la intervención política será más conservadora y neoliberal. Hay un tejido social muy activo y pragmático que se identifica con la izquierda pero que en muchos casos no vota a esas opciones de izquierda. Por miedo al PP, pero sobre todo, porque no se cree a esos partidos. Y es normal. IU es un puro caos (con leer la entrevista de El País a Rosa Aguilar, Felipe Alcaraz y Montserrat Muñoz se puede ver claramente). Y el follón valenciano es digno de culebrón venezolano. Si no se produce un cambio radical, un replanteamiento profundo de qué se quiere ser, qué planteamientos y qué alianzas, no se irá a ningún lado. La gente está cansada, desilusionada, avergonzada. Si no hay un verdadero cambio, me temo que la izquierda en España se limitará a trabajar desde la calle (y muy bien que se está haciendo), sin representación en las instituciones.
Toca hacer terapia. Y mucha. Eso sí, sin perder la ilusión.



