Reflexiones de domingo
Marzo 30, 2008 por carmenghernandez
Con el estómago confundido con el cambio horario, pienso en lo curiosa que es esta vida. Dos temas se entrecruzan en mi cabeza, cada uno proveniente de un mundo distinto: el fin del tocomocho inmobiliario y el fin de la quinta temporada de The L Word (si no la has visto y piensas hacerlo, mejor no sigas leyendo). Así funciona la mente de una activista como yo, supongo. Que también somos humanas, y lloramos, y nos emocionamos como quinceañeras cuando Bette y Tina vuelven juntas.
Respecto al tocomocho inmobiliario, evidentemente me preocupa su impacto global, pero era hora de que este negocio usurero se diera una buena hostia. La avaricia y la estrechez de miras de algunos empresarios de este país ha se
guido el ciclo obvio de cualquier estafa multitudinaria: darse de bruces con el suelo. Nada dura eternamente. Ese suelo, ese bien básico que es la vivienda, con el que se han forrado de la noche a la mañana una parte especuladora que hoy, poco a poco, va poniendo el candado. Justo anoche hablábamos de las comisiones de las inmobiliarias, de los precios absurdos por viviendas que no pasarían ninguna inspección de calidad. De como un piso subía de un día para otro tres millones de pesetas. Del descontrol. De las hipotecas sangrantes. Está claro que nadie se ha aplicado la lección: con los bienes básicos no se debe especular. El tocomocho seguirá, con la complicidad de ayuntamientos, gobiernos autonómicos y mirada ausente del gobierno estatal. Así es este sistema.
Me preocupa qué pasará en este PAI Valenciano, con gobernantes más miopes aún, que sólo saben mirar al futuro a base de proye
ctos carísimos que giran entorno a la construcción. ¿Para qué invertir en una economía diversa habiendo monocultivos supuestamente rentables? Lo del golf es de cachondeo ya. Terminarán poniendo peña de cartón piedra en los miles de campos de golf que pretenden plantar aquí, para disimular cuando pase el satélite, digo yo. No niego que el golf pueda dar dinero, pero convertir el País Valenciano en un campo de golf entero (excusa genial para seguir construyendo pisos, más pisos al estilo de los hermanos Marx), es directamente un suicidio. Que seguiremos pagando con nuestros impuestos y esa deuda que no para de crecer. Al menos esta locura está dando señales de aviso, pero me temo que hay muchos intereses en juego y aquí nadie querrá verlas.
Lo que sí querré ver, al menos yo, es la sexta temporada de The L Word. Una serie que me tiene enganchada como a millones de lesbianas de todo el planeta. Debo reconocer que me equivoqué al analizar esta temporada que acaba de terminar. Ha tenido elementos interesantes, aunque algunas historias han llegado a un límite muy poco creíble (lo de Shane, dema
siado). De todo, me quedo con el interesantísimo ejercicio de metacine de la peli Lez Girls y, por supuesto, con el personaje fabuloso de Bette Porter (la actriz Jennifer Beals). Su trayectoria desde las primeras temporadas ha sido fascinante. ¡Y esa reconciliación! Hay otros elementos que destacar, pero lo comentaré otro día.
En fin, una cosa demuestra el fenómeno que rodea a The L Word: la industria de la televisión se quedó en el siglo XX. Internet y la solidaridad de algunas personas nos permite seguir productos televisivos a escala planetaria casi al momento de su estreno en el país de proyección (incluso con subtítulos en otros idiomas). Esperar años cuando millones de personas lo están siguiendo ya me parece realmente absurdo. Pero ese no es mi problema. Mientras Yoda y su gente sigan adelante (mil gracias a todas), la industria que haga lo que considere oportuno.
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