No hace falta mucho para ser feliz. Intento disfrutar de esos pequeños momentos que te ofrece la vida. El lunes, por ejemplo, ensayamos por primera vez en una sala en condiciones, con batería y buenos amplis. ¡Buf! Qué sensación, la verdad. Vamos a repetir, porque es otra dimensión.
Y ayer, baloncesto del bueno, del que engancha. Partidazo del Ros frente al Avenida, en la lucha de cuartos de final de la Euroliga femenina. La afición estaba como pocas veces he visto, animando tod
o el tiempo. ¡Y qué nivel! Es un gustazo. El viernes se verán de nuevo las caras (el mejor de tres). Si pudiera iría a Salamanca, pero no podrá ser.
Y luego otras pequeñas noticias a lo largo del día que te llegan de alegría. Una cena en compañía, descansar para levantarse otro día con ilusión. Por supuesto que hay días en que cuesta ver el lado bueno, pero hay que intentar que sean los menos. Porque la felicidad no está en la meta, sino en el camino cotidiano.




